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En los últimos meses, cursos, tiempos (ya no se sabe ni qué término temporal utilizar) no hemos tenido más que cambios (unos obligados por la realidad y otros obligados por la política) a los que nos hemos tenido que ir adaptando (o sobreviviendo) de la mejor manera posible. Pero si echamos la vista atrás, y miramos a nuestro alrededor, quizá la parte sobre la que más deberíamos enfocar la atención para hacer que esa evolución y adaptación sean las mejores posibles es la evaluación.

Todos somos conscientes de que la evaluación es, de alguna manera, el pilar fundamental sobre el que se basa nuestro trabajo en términos organizativos, puesto que es lo que nos da (o debería darnos) las herramientas para adaptar nuestro trabajo a la realidad y a la individualidad con la que trabajamos (tanto en términos de entornos como de alumnado).

Ahora que parece que tanto los políticos y burócratas como la sociedad que nos rodea comienzan a ser conscientes de que la evaluación va (o debería ir) mucho más allá de una calificación cuantitativa y de un examen escrito definitorio, y que estamos en el inicio de una nueva normativa en educación, quizá sea el momento de aprovechar para reflexionar y replantear la evaluación.

En lo más duro de la pandemia, cuando las aulas estaban cerradas y el alumnado en confinamiento, tuvimos que pasarnos a las clases online; esto hizo que la tradicional evaluación sumativa se viera enormemente alterada, y nos obligó en muchos casos a hacer evaluaciones y chequeos formativos y mucho más frecuentes para poder saber en qué punto estaba nuestro alumnado e ir reajustando nuestra labor docente sobre la marcha. Y aprendimos lo valiosa que esa frecuente evaluación formativa es para detectar las lagunas de aprendizaje individuales y desarrollar una enseñanza mucho más ajustada a las necesidades reales de nuestro alumnado en cada momento. Aunque eso no ha hecho desaparecer la exigencia (ni la necesidad) de una evaluación cuantificable y estadística, ahora somos tremendamente conscientes de que ese desarrollo estandarizado de la evaluación nos entorpece, en cierta medida, adecuarnos con rapidez y eficacia a las necesidades individuales de aprendizaje de nuestro alumnado.

Con toda esa realidad en mente, nos sentamos a hacer nuevas programaciones y organizaciones didácticas asumiendo cambios normativos que nos han caído encima sin tiempo ni de reflexión ni de adaptación. Desde aquí queremos aportar algunas ideas que consideramos útiles para abordar esa tarea:

  • La evaluación debe ser parte del proceso de aprendizaje. Durante años la evaluación ha sido un momento puntual, desligado del proceso de aprendizaje, para el que se entrenaba al alumnado y que se ha utilizando para medir, cuantitativamente, la eficacia tanto del alumnado como de los docentes y del proceso de enseñanza/aprendizaje, lo que suponía una enorme presión sobre todos los implicados y sobre el proceso en sí mismo. Como ese proceso nos llevaba una enorme cantidad de tiempo, que no quitábamos de dedicación para el día a día, en ocasiones la solución fue estandarizar el proceso de evaluación, llegando a reducir el rango de respuestas (para agilizar la corrección), pero no suponía ninguna diferencia en términos de información y organización didáctica. En algunos sitios se han planteado modelos de evaluación innovadores que permiten a los docentes utilizar pruebas más cortas de manera más frecuente, para hacer un seguimiento más directo del nivel de adquisición de los conocimientos por parte del alumnado, aunque con el mismo perfil que las tradicionales evaluaciones sumativas. Con ello hemos aprendido que hacer las evaluaciones en muchos momentos nos aporta una visión mucho más cercana a la realidad del aprendizaje del alumnado, disminuyendo la presión sobre la predicción del resultado de la evaluación final, con todo lo que eso supone.
  • La evaluación debe ser válida y fiable. Para asegurarnos de que la evaluación es válida (está ajustada) y es fiable (consecuente con lo programado), los criterios de evaluación sobre los que se asienta y a los que responde deben de estar alineados con lo programado, de forma que los docentes obtengan con ella la información que necesitan para saber qué alumnos necesitan apoyo y qué parte de lo trabajado no está suficientemente afianzado para seguir adelante. Debemos evaluar las necesidades de aprendizaje antes de evaluar las lagunas de aprendizaje. Aunque algunos modelos innovadores de evaluación se ajustan a este tipo de modelo, elaborar un conjunto de evaluaciones correctamente alineadas y de calidad lleva una gran cantidad de tiempo y esfuerzo. Para que los docentes podamos adoptar este tipo de modelo, es necesario que podamos acceder (crear, participar, colaborar) a bancos de recursos colaborativos que se ajusten en alguna medida a nuestras necesidades reales, para que sea una tarea abarcable en términos realistas y nos permita usar los modelos e instrumentos de evaluación que hagamos para verificar el impacto del proceso de enseñanza/aprendizaje en nuestro alumnado.
  • La información de la evaluación tiene que ser útil. Llegados a este punto de realidad en el que estamos, los docentes necesitamos recibir feedback inmediato y significativo relativo los aprendizajes de nuestro alumnado de una manera lo más visual e intuitiva posible, de forma que podamos reajustar el proceso de enseñanza/aprendizaje casi en el momento y diseñar intervenciones puntuales con objetivos concretos y específicos. No es suficiente con recabar y consignar la información obtenida de la evaluación; debemos utilizarla de manera que suponga un beneficio directo para nuestro alumnado, mejorando el desarrollo de su aprendizaje. Debemos trabajar para que el proceso de traspaso de información de la evaluación al reajuste del proceso de enseñanza/aprendizaje no solamente sea posible, sino más simple y más efectivo que nunca.

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