La enseñanza en el siglo XXI se ha convertido en una carrera de obstáculos en la que el profesorado tiene que trabajar los conocimientos, las habilidades y el carácter, sin dejarse atrás las competencias de aprender para aprender, la interdisciplinariedad o la personalización de la enseñanza. Esto supone analizar las dimensiones básicas de la enseñanza para poder desarrollarlas todas de una manera mínimamente coherente con el mundo que nos rodea:

En lo que se refiere a los conocimientos nos encontramos con una falta de motivación generalizada entre nuestro alumnado. Desde algunas perspectivas esto se interpreta como una falta de conexión entre los contenidos escolares y el mundo real. Partiendo de esa reflexión nos podemos preguntar qué parte del currículum sigue siendo relevante y cual ya no. Ejemplos de esos planteamientos podrían ser el peso de la trigonometría en la enseñanza básica frente a la estadística; la organización de las enseñanzas de historia; la estandarización de los aprendizajes básicos; la educación para el emprendimiento; los conceptos éticos; la importancia del arte; las consideraciones legales de nuestras actividades diarias, sobre todo en la red, etc.

En los foros de enseñanza se habla mucho también de las habilidades. Las habilidades del siglo XXI, tales como las cuatro Cs (Creatividad, pensamiento Crítico, Comunicación y Colaboración) son esenciales para el funcionamiento en el entorno laboral moderno. Sin embargo, nuestras escuelas están sobresaturadas de contenidos curriculares que no dejan mucho espacio para desarrollar actividades conjuntas o proyectos que nos puedan permitir enseñar estás habilidades a nuestro alumnado. En ese contexto se hace evidente que es cada vez más importante lograr un consenso generalizado sobre la importancia de estas habilidades para que se incluyan dentro de la organización escolar y de las enseñanzas básicas de la educación obligatoria, dándoles el peso y el tiempo que merecen y necesitan.

En lo que se refiere a los comportamientos nos enfrentamos cada vez a un mundo más complejo en el que nos vamos dando cuenta de la necesidad de determinadas habilidades comportamentales, tales como la adaptabilidad, la persistencia, la resiliencia, la integridad, la empatía, la ética… Es absurdo plantearse que el alumnado, al que consideramos exento de todo este tipo de cosas y al que tenemos una cierta tendencia a perdonarle todo, va a llegar dentro de unos pocos años enfrentarse a un mundo que exige ese perfil de comportamiento y a tener la capacidad de adaptarse.

Las competencias básicas permiten el desarrollo personal a lo largo de la vida e incluyen los hábitos de aprender a aprender, de construir experiencias o de generar actividades creativas a partir de experiencias previas. Si bien esto es algo que será cada vez más significativo en nuestra vida adulta, por el peso de su necesidad y las consecuencias de su uso, lo cierto es que están básicamente fuera de todos los planteamientos escolares que tenemos hoy en día.

Con todo esto en mente cabe preguntarse qué incidencia tiene nuestra enseñanza y organización escolar en la capacitación de nuestra población para los desafíos y las exigencias de su vida laboral o su integración social dentro de unos años en el mundo digitalizado y corporativo que nos rodea cada vez más. Afortunadamente la OECD Skills Strategy intenta responder a todas estas preguntas acercando las organizaciones escolares a lo que cada vez más se va necesitando fomentando la evolución y modernización de los diseños escolares básicos.

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