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Educadores, familias, médicos y pacientes intentan comprender la ansiedad. Entre el alumnado que lo sufre, es frecuente la sensación de que no reciben ayuda. A pesar de que la familia, los profesores o los compañeros intenten colaborar en la solución del problema, generalmente sus aportaciones denotan juicios de valoración o desconocimiento. Y el impacto de decir algo que no debemos a un alumno con ansiedad puede parecer nimio (se supone que lo importante es el contenido), pero en realidad los efectos a largo plazo pueden ser enormes.

La ansiedad es un mecanismo de supervivencia que nos ha mantenido vivos a lo largo de la evolución. Y a pesar de que ya no afrontamos situaciones en las que podemos ser cazados por los depredadores, nuestro sistema neurológico sigue manteniendo el sistema de alerta para la supervivencia. Hay individuos cuyos «cerebros emocionales» se ponen en alerta rápidamente, mientras que otros son más «tranquilos», y generalmente son estos últimos quienes intentan ayudar a los primeros, dándoles consejos; en ese grupo es donde suelen estar los compañeros, profesores y amigos, que intentan ayudar pero que raramente consiguen resultados positivos.

El alumnado con ansiedad no comprende la psicología de su propio cerebro, y muchos terapeutas tienden a trabajar los síntomas en lugar de explicar las causas subyacentes. Cuando se manifiestan los síntomas, los alumnos suelen entrar en pánico, sintiéndose completamente impotentes al no ser capaces de responder preguntas tales como ¿qué me está pasando? o ¿por qué me siento así?. Y a todo ello hay que añadir el estigma que supone cualquier problema o enfermedad mental: los alumnos intentan «estar bien» y «relajarse», tratando de autoconvencerse de que no es importante. Trivializar el problema no hace más que intensificarlo.

Eliminar la estigmatización pasa por que los educadores aprendan sobre la ansiedad. Esto disminuirá la presión que los estudiantes ejercen sobre sí mismos para estar bien. Empezando por dejar de juzgar, dirigir y valorar para comenzar a preguntar, como cuando se trata de una dolencia física.

Cuando nos encontramos con un alumno con ansiedad, nuestro objetivo debe ser empoderarlo para comprender las características de la enfermedad y establecer una normalidad cómoda, comprensible y sin miedo. Para ello podemos usar las siguientes frases:

  • ¿Cómo te sientes? A pesar de que es evidente cómo se siente, debemos recordar que está intentando que no se note. Cuando le pedimos que se relaje, o que respire, le estamos diciendo que todo el mundo lo sabe, y eso incrementa la presión. Al preguntarle por sus sentimientos conseguimos dos cosas: por una parte damos a entender que sus emociones no son visibles para todo el mundo y por parta le damos ocasión de hablar por sí mismo y tomar el control de lo que está experimentando.
  • ¿Qué crees que te puede estar pasando? La ansiedad clínica no responde a una razón identificable y específica. Identificar causas requiere una reflexión profunda. Con esta pregunta no solamente ayudamos en este proceso, sino que también colabora en ayudar al alumno a retomar el control de la situación.
  • ¿Qué necesitas de mí? En términos generales, a nadie nos gusta que nos digan lo que tenemos que hacer, pero siempre agradecemos las ofertas de ayuda. Las más de las veces no sabrán qué responder a esa pregunta, pero eso no es negativo. Generalmente lo que necesitan es justo lo que estamos haciendo.
  • Pensemos en qué podemos hacer en los próximos quince minutos para ayudarte a pasar por esto. Cuando alguien sufre un ataque de ansiedad está sobrepasado y no es capaz de generar objetivos claros y manejables. Mientras mayor es la sensación, mayor es la tendencia a evitar cosas. Ayudar al alumnado a terminar el día o las cosas pendientes creará objetivos claros y alcanzables que les ayudarán a retomar el control. De nuevo, no damos nosotros las instrucciones, sino que les ayudamos a generar actuaciones por sí mismos.
  • Estoy aquí para ti. Simple. Sin juicios. El alumnado con ansiedad se siente solo, fuera de la norma y diferentes. Saber que hay alguien disponible es muy importante.

La atención que genera un ataque de ansiedad de un estudiante puede, en si misma, generar ansiedad. Los alumnos suelen sentir vergüenza, ya que entienden muy poco lo que les está pasando, sus funciones psicológicas y el impacto de éstas sobre su cuerpo. En general, quienes están a su alrededor intentan ayudar con palabras de aliento y consejos, pero a menos que también sufran ataques de ansiedad es muy difícil que comprendan realmente lo que está pasando. Se necesita más que simpatía, empatía. Y hay cosas que debemos evitar decir:

  • Todo va a estar bien. Es un comentario dañino, puesto que no hay una razón específica e identificable que provoque un ataque de ansiedad. La ansiedad es pánico, preocupación, disconfort que viene de ninguna parte. ¿Qué va a estar bien? ¿Qué está mal? Sólo genera más ansiedad.
  • Relájate. La ansiedad es una enfermedad silenciosa. Generalmente no procede de los afectos, de modo que estamos pidiendo algo que no ayuda y que el alumno ya estaba intentando hacer.
  • No te preocupes. La ansiedad suele golpear a aquellos que dan vueltas a las cosas. La conversación interna lleva vueltas innumerables. Primero camino a la ansiedad, y luego intentando retomar el control para respirar y no preocuparse por ello, y no ha servido.
  • Todo el mundo tiene ansiedad. Todo el mundo se pone nervioso, pero no todo el mundo tiene ansiedad. Es una forma exagerada de una alerta; la alerta es una respuesta psicológica sana, la ansiedad no lo es.
  • No merece la pena alterarse tanto. Para un individuo sano, la ansiedad no merece la pena. Para alguien que la sufre, es un circulo vicioso de afirmación positiva. Aprenden que las cosas mejoran de esta manera. Lo dijimos en la primera frase.

Todas estas frases denotan un desconocimiento básico sobre lo que es la ansiedad en realidad. Es una deficiencia psicológica; no es algo que la persona pueda controlar. Comprender eso ayudará a nuestro alumnado a comprenderse a sí mismo y a manejar su ansiedad.

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