Desde dentro de las instituciones escolares somos cada vez más conscientes de la importancia de que las familias participen activamente en la escolarización de sus hijos y en el desarrollo en general de la vida escolar y académica. No solamente es importante para el buen funcionamiento de la institución escolar en si misma, sino que es cualitativamente imprescindible para que el alumnado alcance el máximo de su potencial y quiera seguir desarrollándolo; hay estudios que demuestran que cuando las familias trabajan junto con las escuelas en el desarrollo infantil los niños obtienen mejores resultados, su escolarización es más larga, se preocupan más por sus tareas escolares y su desarrollo y mejora su comportamiento escolar y social. No es una cuestión de tiempo o de presencia física (siempre hay alternativas, y todos conocemos algunas) tanto como de expectativas y actitud. Desde el momento en que nuestro trabajo en la escuela no es meramente instruccional, no podemos dejar de luchar por conseguir esa implicación, por dura que sea la lucha.

Algunas de las posibilidades para mejorar la implicación de las familias en la vida escolar de sus hijos pasan por cosas tan simples como:

  • Mejorar las posibilidades de comunicación entre las familias y los docentes, tanto en términos de tiempo (dar, dentro de lo posible, información directa acercándonos al concepto actual de tiempo real), como de accesibilidad (facilitando herramientas digitales de comunicación para ayudar a aquellas familias con problemas de conciliación, por ejemplo).
  • Evitar llamar a las familias solamente para dar malas noticias. Debemos informar también de las conductas positivas o los buenos resultados; a veces, de los esfuerzos que el alumnado realiza en tareas que les son especialmente complicadas. No están para tomar medidas cuando hay problemas o recibir información del centro, sino para participar activamente en la educación de sus hijos, en lo bueno y en lo malo.
  • Pedir colaboración y ofrecer pautas de trabajo o tareas de mejora cuando hay problemas, no limitar la información a resultados y conductas como hechos terminales.
  • Abrir el aula a las familias a través de las preceptivas reuniones trimestrales, pero también de las Escuelas de Padres (en las que los docentes deben estar presentes, para establecer interacciones personales que favorecen mucho la comunicación) o, incluso, en talleres o actividades complementarias puntuales, previamente consensuadas.

Indudablemente, estas pautas no van a suponer un cambio radical en la participación de las familias en la vida escolar; siempre habrá resistencias, así como familias que, bien por experiencias escolares previas negativas o por creencias ideológicas o religiosas, sean muy reacias a toda colaboración con el colegio. Pero eso no puede hacernos desfallecer: hay muchas que se beneficiarán de la apertura, y muchas que se irán sumando según vaya creciendo…

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