En todas las aulas son frecuentes los alumnos que interrumpen, se distraen o no terminan las tareas. Muchas de esas conductas se pueden explicar en base a picos de ansiedad, de aburrimiento o de impaciencia. Y esos tres adjetivos se convierte en un problema de aprendizaje. Cuando algunos de nuestros alumnos está inmerso en ellos su capacidad de aprendizaje disminuye enormemente. Generalmente no los reconocemos como tales puesto que nuestro alumnado vulnerable a ellos no los presenta de una manera constante, y por tanto son muy difíciles de reconocer en relación con su desempeño académico.

Cuando los identificamos, en general nuestra tendencia como docentes es intentar paliarlos, con refuerzos positivos o con consecuencias negativas a determinados comportamientos. Sin embargo, la mayoría de las veces es mucho más productivo trabajar para prevenir su aparición y evitar dichas conductas que pensar en la manera de reconducirlas.

Si nos planteamos que los comportamientos humanos son consecuencia de las necesidades de cada uno, en nuestras aulas el comportamiento de nuestro alumnado es consecuencia de sus necesidades: si necesitan atención, refuerzo o feedback, y eso no entra dentro de la organización temporal que hemos planteado en el momento apropiado, la consecuencia suele ser un comportamiento disruptivo o una desconexión del alumnado. Llegados a este punto, y frente a una conducta disruptiva o desafiante, generalmente el origen del problema pasa un segundo plano y aquello se convierte en una pugna del docente por eliminar esas conductas, mientras intenta al mismo tiempo que el resto del alumnado pueda seguir con su aprendizaje sin interrupciones. Si la idea es prevenir esas conductas y todo lo que conllevan, algunas sugerencias podrían comenzar con gestionar el aula de manera que el comportamiento y respuesta positivos reciban atención más rápidamente que las conductas disruptivas o desafiantes; aunque a priori podría parecer injusto centrarse en buscar la manera de dar un refuerzo positivo a la mínima actuación correcta del alumnado que suele generar los problemas, en términos prácticos redunda en beneficio de todos al evitar todos los problemas subsiguientes y sus consecuencias. También es importante, en este punto, observar cuáles son los detonantes y cuáles los objetivos o logros que el alumnado con conductas disruptivas consigue o persigue, que pueden ser muy variados: evitar determinadas tareas, un área que le resulta especialmente difícil, conseguir la atención de determinados docentes o compañeros de aula, etc. En esta reorganización del planteamiento de refuerzo atencional debemos estar atentos a las reacciones del alumnado, puesto que a veces el alumnado especialmente tímido o inseguro reacciona de manera negativa a cualquier tipo de atención que lo señale entre sus compañeros, siendo mucho más productivas conductas de refuerzo privado o individualizado. También suele ser de ayuda marcar hechos objetivos como puntos de refuerzo, de manera que estén al alcance de todos y todos tengan su feedback de una manera predecible y objetiva, en términos tanto de tareas o logros como de interacción con los docentes.

Si en nuestra aula tenemos alumnos que solo generan problemas de conducta o de interacción en los “tiempos muertos”, la manera de prevenirlo, evidentemente, es ocupar dichos “tiempos muertos”. Comenzando por identificarlos. Y esos “tiempos muertos” no son siempre solo los cambios de clase; incluyen también aquellos momentos en los que dicho alumnado ha terminado las tareas previstas, o ha considerado que están fuera de su alcance y ha dejado de realizarlas. La alternativa, en este contexto, es buscar y encontrar para cada perfil de alumnado concreto que tenemos en cada aula la manera de gestionar adecuadamente esos “tiempos muertos” como descansos para evitar esos picos de mal comportamiento. Algunas ideas pueden ser las tareas de refuerzo ampliación que venimos usando habitualmente: los dibujos que utilizan los más pequeños, el paseo al baño como método de descanso activo y ruptura el largo tiempo de sedentarismo; pero también existen alternativas más creativas o menos utilizadas, entre las que se pueden contar las labores de apoyo con otro alumnado de la misma aula o de otra aula con alumnos más pequeños o con más dificultades, las tareas administrativas, las de los responsables etc.

Los momentos de inicio de las clases o de reentrada después de los recreos también suelen propiciar los malos comportamientos y las llamadas de atención. Si nos preocupamos de generar actividades que faciliten la transición entre los recreos, que al alumnado le suelen gustar, y las clases, que al alumnado le suelen gustar menos, conseguimos que la mayor parte de dichas conductas no deseadas desaparezcan. No es nada nuevo, ni un gran descubrimiento, pero muchas veces no lo ponemos en práctica.

Este tipo de planteamientos para resolver las conductas disruptivas son alternativas, generalmente más positivas y mucho más efectivas, que las que habitualmente se vienen usando en primer lugar (el consabido castigo) y en segundo lugar (la extinción), puesto que suponen ofrecer una respuesta a cada problema en lugar de considerarlos todos iguales, estudiando las necesidades y alternativas a cada caso y consiguiendo reconducir la situación de una manera positiva no solamente para el normal desarrollo de las clases, sino también, de manera definitiva, para el alumno que tiene esas conductas que, no olvidemos, son un síntoma de un “problema” a resolver.

En fin, a veces sólo es cuestión de cambiar el punto de vista desde el que enfocamos un problema, y plantear las soluciones (que tampoco son las innovaciones del siglo) desde ese nuevo punto de vista, para llegar a una solución fácil a un problema habitual. Y eso lo hacemos todos, todos los días.

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